Cestas de Navidad
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¡Ni las cestas!
El consumo no tira. Este año no se van a salvar ni las cestas de Navidad. Es un asunto que se presta a la demagogia. Vaya por delante que los responsables de las empresas privadas pueden hacer lo que les venga en gana en función de su situación económica, de la tradición o de los acuerdos con sus trabajadores. El problema se plantea con las cestas que se pagan con dinero público, ya sean Ministerios, Comunidades Autónomas o las Cortes, por citar algunos ejemplos. En las últimas semanas hemos sabido que el Congreso de los Diputados suprimirá su cesta y desde el Partido Popular se han alzado algunas voces pidiendo austeridad y control del gasto. Y me parece bien. Si estamos en crisis y no hay dinero, pues no hay dinero. Dicho lo anterior, me gustaría saber qué es lo que se va a hacer con los fondos destinados a esos fines. Si ese dinero se traduce en un ahorro y retorna a las arcas públicas para reducir el déficit, pues me parece bien. Si se destina a apoyar a los más necesitados, también. Si sirve para pagar el paro a algunos desempleados, pues tres cuartos de lo mismo. Si se canaliza a través de Organizaciones no Gubernamentales de fiar, otro tanto. Ahora, si esa «pasta» va a parar a la Asociación de Gays y Lesbianas de Zimbabue, la cosa cambia. Además, hay que contemplar también una segunda derivada de la supresión de las cestas de Navidad pagadas con dinero público. Se trata de los perjuicios que se ocasionan a los que viven de este negocio, total o parcialmente, que son un montón de familias. Si se compra menos vino, aceite, embutidos, queso o regalos de los que se meten en los lotes, habrá menos consumo, los productores y fabricantes saldrán perjudicados y sus empleados también. Asimismo, las arcas públicas se resentirán, porque bajará la recaudación de impuestos. En resumen, que hay que verlo todo en su conjunto
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